La crisis de la política también es la crisis del pacto social por el que tanto pugnaron los contractualistas. Con ello, la necesidad de un nuevo pacto, como dicen los acuerdos de San Andrés después del levantamiento zapatista, que sea integral, y que examine el propio ejercicio democrático que se ha llevado en el país hasta el momento. Para esto, no esperemos las reformas de burócratas que cobran con nuestros impuestos, sino una participación ciudadana donde se experimente una forma diferente de hacer política. Como diría Ulrich Beck: una subpolítica.
La crisis de la política
En la entrada anterior, se propuso un ejercicio donde las figuras sobre la política siempre han estado presentes. Tanto Maquiavelo como Hobbes recurrieron a una imagen como punto central de su argumento. Hoy, las imágenes de la política por medio de los spots publicitarios ejercen más temor y temblor que propuestas y apuestas. El PAN, argumenta que la delincuencia organizada saldrá a las calles y dominará el país si es que no se vota por sus candidatos, olvidando que ellos mismos representan una de la delincuencias organizadas de cuello blanco. El PRI, trata de mostrar una imagen renovada de nuevas posturas cuando tiene el descaro de que en uno de sus spots al aparesca María Gloria Sanches -ex-presidenta del municipio de Oxchuc, Chiapas-, quien junto con su esposo -también ex-presidente del municipio- propiciaron un microescándalo por desvio de recursos. El PRD usa imágenes de gente popular tratando de identificar a la población con los candidatos, cuando dentro del partido se han encontrado múltiples irregularidades en sus procesos internos y en la selección de sus candidatos como lo sucedido en la Delegación Iztapalapa de la Ciudad de México. El PSD, un pequeño partido que seguramente estará conformado por familiares que buscan sus intereses, vende una imagen de una izquierda moderada, lo cual hace a costa de la crítica a otros partidos. Finalmente, el más descarado de todos, el PVEM, quien chantajea a la población mediante vales, como si la educación y la salud fueran las migajas que caen de la mesa del rico, en lugar de pugnar por que sean derechos universales llevados a la práctica.
A raiz de esta deslegitimación de las instituciones partidistas, el movimiento por la anulación del voto ha cobrado fuerza. No obstante, este ejercicio debe pasar de la inconformidad a un movimiento organizado, a otra forma de hacer política. Si la administración pública ha sido ineficaz de atender los intereses de la ciudadanía, habra que pensar nuevas formas de acción ciudadana que culminen esfuerzos panfletarios de denuncia y cobren significado real en una praxis politica, de lo contrario la anulación del voto quedará como un abstencionismo y desinterés ya que no se logrará visibilizar las demandas reales más allá de denuncia y la instatisfacción de una parte de la población.
Regresando a la patria grande, lo sucedido en Honduras tiene que ser una alerta ante un futuro posible. El ejercito en las calles es de temor, ya que la historia nos ha mostrado la represión ejercida por el Estado mediante el argumento del uso legitimo de la violencia. Como mencioné, para las nuevas generaciones, y me incluyo, los golpes de Estado parecían lejanos en un mundo tan interconectado y tan globalizado. No obstante, hay que se observadores de lo que pasa en México donde el ejercito ha sido sacado de los cuarteles y llevado a las calles como uso legitimo de un gobierno que se ha deslegitimizado por su incapacidad para gobernar y producir los empleos de los que tanto habló en las campañas presidenciales pasadas. El ejercito en las calles no es sinónimo de confianza, no es sinónimo de garantia constitucional. En este sentido, hoy día pareciera que los grupos de poder de derecha buscan reducir los procesos de nuevas democracias o nuevos socialismos que no favorecen sus intereses. Sin duda, en Honduras, la clase de poder ha destapado sus intereses que siempre habían estado escondidos en imágenes electorales.
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Ariel
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EL PRINCIPE Y EL LEVIATAN COMO FIGURAS DEL PODER
La pronta elección de distintos funcionarios hace que se deba reflexionar en torno al poder, pues mediante los spots publicitarios desarrollan campañas donde la imagen juega un papel importante. Hace falta reencontrarnos con los clásicos de la teoría politica quienes por medio de sus ideas comenzaron a figurar una idea de Estado moderno y con ello de poder. El presente texto es un acercamiento a dos de los principales exponentes de la ciencia política moderna quienes figuraron bajo alguna esfinge el poder.
A modo de introducción
La pretensión de este texto es ser un ejercicio que supere lo exploratorio y descriptivo, de modo que articule un argumento coherente sobre un problema determinado para la teoría política, lo que haré sin mayor pretensión pues, debido a mi formación, no podría realizar. El tema seleccionado surge a partir de un problema de interés, busco analizar cómo se figura la concepción de poder en la tradición de la teoría política, específicamente en dos autores que, me parece, son la base para la posterior y elaborada disciplina social contemporánea: Maquiavelo y Hobbes. Considero que son ellos quienes proponen con más consistencia un pensamiento articulado rumbo a la formación de una ciencia relevante para el día de hoy.[1]
La problemática del poder la conozco desde la antropología social, disciplina en la cual he estado involucrado desde hace tiempo. Pero ahora, quisiera a la luz de la ciencia política conocer cómo se ha construido tal concepción en dichos autores. De igual modo, considero que para la sociología contemporánea el tema del poder es importante dado a que se centra más allá de los problemas estructurales, pues enfatiza en que todo tipo de relación obedece necesariamente a una sentido de poder. Esta problemática se ha abordado desde la tradición marxista como relación social (en la lucha de clases) hasta la tradición weberiana como acción social (tipos de dominación).
Creo que en el fondo del interés por el tema, hay un elemento que no se tocará del todo, tan solo se hará mención de él, pues considero que representa un tema aún más amplio; a saber, la secularización del poder. Durante las sesiones, encontraba subyacente en los textos que se analizaron, cómo la religión empezaba a dejar de tener importancia en la construcción de un argumento político, un quiebre que emerge de las entrañas de la modernidad.
Comprendo que el factor religioso no está distante del poder, pues éste lo sostenía, sobre todo en las monarquías y reinados. No obstante, desde Maquiavelo se busca romper con ello, puesto que a pesar de que aún permanezca la idea con respecto hacia lo religioso, esta inicia a dejar de ser importante para legitimar el poder bajo el presupuesto de la elección divina, dando un giro radical, ya que en una sociedad secularizada se construyen sus propios dispositivos de orden.
Dicho esto y reiterando, el ejercicio buscará analizar la concepción de poder en los dos autores, y así, entender cómo se objetiva éste en su teoría política. Por ello, el trabajo se divide en tres secciones; la primera, dividida en dos, buscará entender cómo se figura el poder en Maquiavelo y en Hobbes; la segunda, será un ejercicio comparativo para conocer los puntos donde se interceptan ambos autores, así como notar las diferencias significativas; por último, la tercera sección concluirá el texto tratando de entender que el poder no sólo refiere a lo político.
Sin duda, tanto Maquiavelo como Hobbes aún hoy en día son importantes en el debate académico sobre teoría política, pues su argumento ha sido un quiebre en el camino para comprender aquel objeto incierto que llamamos política. En síntesis, la pregunta central que elaboro a los autores es, ¿cómo se figura el poder?, pues en el fondo sigo la propuesta de Eric Wolf quien busca comprender “cómo se conectan las ideas y el poder entre sí” (Wolf, 2001: 33). Espero lograr el objetivo.
Maquiavelo: el príncipe como figura
En 1513, bajo la necesidad urgente de una mano que impusiera el orden dentro de una Italia amenazada y despojada de sus bienes, Nicolás Maquiavelo terminaba de escribir su obra El príncipe. No fue sino 15 años después (1532) que se publicó, cuando Maquiavelo yacía en tumba. Bajo un argumento sumamente esquemático, Maquiavelo muestra la necesidad de encarnar en la figura de un príncipe el poder absoluto en vías de la libertad del pueblo.
Entre lo antiguo y lo moderno
Nicolás Maquiavelo se encuentra en una paradoja, pues su pensamiento y experiencia política se sitúa en un tránsito, en un momento donde en Europa lo medieval, lo antiguo se empieza a desquebrajar y emerge frente a él un mundo nuevo y moderno que necesita un orden distinto y distante del que se separa. Distinto, porque las explicaciones ‘antiguas’ dejan de tener vigencia, se busca por ello nuevas respuestas para preguntas peerenes, articulaciones y argumentos racionales para la vida social. Distante, porque es imposible volver la vista atrás, pues la brecha entre lo antiguo y lo moderno se separa cada vez más a ojos de los hombres que, como Maquiavelo, en el fondo pugnan por la secularización de la cultura.
A Maquiavelo, le tocó enfrentar las grandes rupturas que dieron paso al pensamiento moderno; el eclipse del cristianismo uniforme con la Reforma Protestante, y el ‘descubrimiento’ de un nuevo mundo. La Reforma, puso en crisis al corazón del cristianismo romano, la crítica al poder papal en las ideas de Lutero se objetivaron en la disidencia, la libertad de conciencia del cristiano destronó la autoridad sacerdotal, en cambio, el sacerdocio de todos los creyentes desligó la necesidad del poder y la gratificación papal. Por otro lado, ‘descubrir’ un nuevo mundo, develó y certificó que el mundo no era tripartito, mostró que los horizontes geográficos iban más allá de lo que se conocía, que había otras formas de sociedad no pensadas.
A las viejas preguntas, nuevas respuestas, Maquiavelo es un humanista, pues utiliza la historia clásica para generar un argumento coherente y concreto. Él, usa la historia para romper con el pasado, pues ejemplifica los errores más comunes utilizando el discurso histórico, pues “muestra continuamente una clara inclinación a justificar la permanencia de los modos o las formas en que los fenómenos políticos se dan en la historia, rechazando la idea de que tales formas de darse los fenómenos son puramente casuales” (Córdova, 1976: 102)
A pesar de que Maquiavelo está “con un pie en el mundo antiguo y el mundo moderno”, intenta hacer un quiebre en el camino para radicar el problema del poder en el mundo secular, no en un mundo religioso. Para él, el poder no se deriva desde la predestinación calvinista, sino se construye, se organiza y se mantiene por determinadas reglas. Por ello, en el pensamiento de Maquiavelo subyace una idea secularizada sobre el poder. Éste, deja de ser un hecho de facto otorgado por los dioses o los representantes de éstos a los hombres privilegiados, hombres, reyes, príncipes o monarcas, para convertirse en una construcción que, bajo un argumento bien elaborado y sistematizado, idealiza en la figura del príncipe.
El príncipe como encarnación del poder
Como ya mencioné, Maquiavelo no elabora claramente una teoría del poder, no obstante, se entiende a lo largo de su obra algunas ideas subyacentes sobre el poder encarnado en la figura del príncipe, de las cuales quisiera mencionar dos: la des-moralidad del príncipe, y la virtuosidad de él. Por la primera entiendo el exhaustivo interés por mencionar que el príncipe no debe guiarse por la moral; por lo segundo, entiendo las características que debe tener su figura. Ambas cosas encarnan el poder.
En el ejercicio del poder, Maquiavelo insiste en romper con la moral, y, entiendo, en especial la religiosa. Para él, el poder entonces no es algo dado u otorgado por carisma, sino que implica una búsqueda, inclusive un entrenamiento. En el fondo, para la teoría política esta idea es inquietante, pues se entiende entonces que los políticos en el ejerció, no se deben guiar por la moral, tienen que desvincularse de ella. Esta idea encierra de facto un problema aún más inquietante en Maquiavelo, me refiero a su concepción de los hombres. Si bien, el príncipe no debe guiarse por la moral, es porque no se puede dar licencia ante una humanidad radical o naturalmente mala.
En este sentido, el príncipe debe tener dos atributos más allá de lo moral, uno es ser astuto como un zorro, pues no se puede dar el lujo de ser tan ingenuo, pues así no mantendrá el poder en sus manos. El segundo, es que debe ser poderoso como el león, de modo que imponga respeto y autoridad e inclusive, poner mano dura cuando se requiera. Recordemos que la moralidad para Maquiavelo es insuficiente para gobernar, no se puede echar mano de ella, ahora es necesario construir una imagen, un ideal personificado del poder.
Por ello, elabora la figura del príncipe, lo idealiza y aconseja, pues esta búsqueda “trata de cómo debe ser el Príncipe para conducir a un pueblo a la fundación de un nuevo Estado” (Gramsci, 1975: 26). Así, el poder cobra forma mientras el príncipe se auto-construye mediante las pautas maquiavelianas:
En realidad, ni los justificaba ni los condenaba; no hizo más que instrumentarlos para construir la figura de un príncipe ideal, que se dibuja estupendo, capaz de todas las grandezas, tras el fondo permanente de la patria de los italianos, imaginaba como unas patria unida, poderosa, virtuosa y libre (Córdova: 91)
Es de este modo que elabora toda una lista de recomendaciones que debe contener su personalidad, cualidades que valen la censura o el elogio hacia los príncipes: prodigo o tacaño, dadivoso o rapaz, duro o débil, grave o frívolo, humano o soberbio, sincero o astuto, religioso o incrédulo, etc. Maquiavelo construye al príncipe, fuera de lo moral y además lo estiliza. Como lo diría Gramsci, “no es representado a través de pedantescas disquisiciones y clasificaciones de principios y criterios de un método de acción, sino como cualidades, los rasgos característicos, deberes, necesidades, de una persona concreta” (Gramsci, 1975: 25).
Llegar y mantenerse: la consigna del poder
Hay una idea importante con la que da inicio la obra, me refiero a las formas de principados, pues en ella sola denota ya una concepción por establecer un orden jerárquico entre algún tipo de domino sobre algo que se subordina a esta noción (de principado). Maquiavelo, comienza a figurar la relación entre el pueblo y el principado, donde por momentos, el primero deja de ser un mero objeto subordinado y comenza a ser parte en la construcción de un poder delegado. En el capítulo XIX del libro, Maquiavelo cita el interés de ambas partes, pues para él es claro que unos quieren dominar y otros no quieren ser oprimidos, ya que “el que llegue a ser príncipe mediante el favor del pueblo, debe esforzarse en conservar su afecto, cosa fácil, ya que el pueblo sólo pide no ser oprimido” (Maquiavelo, 2008: 60).
No obstante, esto sólo y cuando exista la relación de un príncipe elegido por el consentimiento del pueblo, pues a lo largo del libro, Maquiavelo construye sus tipologías que le permiten ejemplificar las formas de potestades o principados (hereditarios, por adquisición y mixtos). En ambos casos denota un sentido de poder, pues mientras que en el primero ‘la herencia’ juega un papel sumamente importante, en el segundo, la ‘búsqueda’ implica una acción de poder.
Como su nombre se indica, los principados hereditarios se transfieren, y por ello son más fáciles de mantener, según Maquiavelo, ya que:
Habituados a la dinastía de sus príncipes, son mucho menores las dificultades para conservarlos que en los nuevos; basta sólo respetar la organización establecida por los predecesores y contemporizar con los acontecimientos, de suerte que, si el príncipe tiene mediana habilidad, regirá siempre su Estado, a no impedírselo extraordinaria y excesiva fuerza (Ibid: 12)
Por otro lado, los principados adquiridos, se pueden someter por propias armas, por virtud o por suerte. Inclusive, Maquiavelo genera todo un conocimiento sobre la forma en qué se pueden adquirir, y en donde conocer la cultura, las costumbres, el idioma y la organización facilita hacerse de ellos. Asimismo, emite una lista de consejos para poder mantenerlos una vez adquiridos.
En este sentido, la figura que representa el príncipe puede implicar dos cosas: la llegada al poder, ya que los principados puedes ser por adquisición; y el mantenimiento, pues la herencia es una forma de perpetuarlos. Aunque también, para poder mantenerlo, implica otras más determinaciones que serán necesarias para el príncipe, el poder se debe de objetivizar en una ciencia política que sistematice cómo se deben hacer las cosas:
Para que una ciencia nazca es preciso que su objeto sea evidente o por lo menos comience a esbozarse en la realidad. Para que la ciencia política naciera, era necesario que el Estado y las relaciones políticas hubieran empezado a existir o se estuviesen conformando ya (Córdova: 1976: 72).
Llegar y mantenerse en el poder, implica un análisis detallado sobre las formas y medios de acceder en el poder, así como el éxito o fracaso en el intento que dependen de la manera en que cómo se empleen. Pues, a modo de breve repaso, se ha entendido que si bien Maquiavelo no tiene una teoría sobre el poder, ésta subyace en la construcción del príncipe como la encarnación de tal. Asimismo, en la construcción de un argumento hilado y riguroso, lo que a posteriori (Gramsci, 1975: 26) generó una ciencia novedosa, la política.
Hobbes: la construcción del Leviatán
Si Maquiavelo representa el tránsito entre lo antiguo y lo moderno, Hobbes implica lo moderno. En él, se encuentra no sólo la estilización del poder, sino la construcción con base en un argumento sólido del poder en la figura del Estado, en el Leviatán. Para entender el argumento de Hobbes y la necesidad de construir el poder en una figura como el Leviatán, hay que entender la situación que atravesaba en ese entonces (s. XVII). Principalmente podemos entender dos crisis importantes, una en la política y otra en lo religioso, ambas ligadas en una misma tensión.
El problema político de Inglaterra se caracterizaba por las disputas entre los dos poderes principales, la Corona y el Parlamento. Tal disputa alteraba el orden y el régimen político de la época, cuya consecuencia más drástica que percibía Hobbes era el debilitamiento del Estado y, con ello, un problema aún más severo, la unidad estatal. Hobbes logra captar claramente este problema.
Por otro lado, no tan separado de lo político, Hobbes también entiende el problema religioso dentro del Parlamento pues católicos y anglicanos tensionaban el clima político. Cabe destacar que con Enrique VIII (1491-1547) la Iglesia de Inglaterra de separó de la romana constituyéndose como Iglesia Anglicana, cuya dirección recaía en quien tuviera la corona en función.
Las piezas del rompecabezas
A diferencia de Maquiavelo, la personalidad de Hobbes es más a la de un filósofo político, que la de un funcionario. En la formación de Hobbes, converge el aristotelismo, es escolasticismo y el desarrollo de la ciencia moderna, especialmente la geometría y la matemática, las cuales se verán implícitas en sus diferentes obras.
Él, continúa la tradición iusnaturalita,[2] sólo que a diferencia los teólogos, substituye a dios por la razón, de modo que así se contrapone a las teorías clásicas. Hobbes concebía un estado de disputa entre un estado de naturaleza y un estado civil, pues para él, el hombre era egoísta, individualista y, por ello, anárquico por naturaleza. Para ello, había que construir un pacto que permitiera una sociedad más pasadera y duradera.
Si el estado de naturaleza de los hombres era la guerra ‘de todos contra todos’, pues los fines individuales predecedían los fines sociales, se debía construir un instrumento artificial para evitar el conflicto, y así dar un gran salto desde el estado de naturaleza al civil, sólo con ello se superará la anarquía natural. Pues para Hobbes todos los hombres tienen las mismas condiciones de libertad e igualdad, abusar de ellas implicaría la lucha constante por su propio bienestar. Por ello, es que se cuestionó “cómo era posible que la gente obligada a vivir en proximidad, enfrascado cada uno en la persecución de sus propios fines e intereses específicos, no cayera rápidamente en un estado de lucha, de guerra de todos contra todos” (Barnes, 1990: 43).
Si bien para Hobbes los hombres son iguales por naturaleza, y están frente a frente en iguales condiciones para hacer y deshacer, de esta igualdad procede una desconfianza:
De esta igualdad en cuanto a la capacidad se deriva la igualdad de esperanza respecto a la consecución de nuestros fines. Esta es la causa de que si dos hombres desean la misma cosa, y en modo alguno pueden disfrutarla ambos, se vuelven enemigos, y en el camino que conduce al fin […] tratan de aniquilarse o sojuzgarse uno a otro (Hobbes, 1968:108).
En consecuencia, esta lucha permanente conduce a un estado de guerra como ya he mencionado. Sólo un pacto, permite restringir la igualdad y, así, evitar el aniquilamiento; esto es, el paso de un estado a otro. Por eso, para Hobbes hay una capacidad nata el hombre que es la razón, la cual permite discernir inteligentemente, lo cual es fundamental para la sobrevivencia.
La necesidad de un pacto emerge de la concepción de que los hombres también son racionales, pueden y tienen capacidad para decidir, son individuos que, por medio de la razón, tienen la posibilidad de elaborar o construir un agente que ponga orden y estructura al caos natural, un ente permanente y soberano construido artificialmente, el Estado:
El problema de Hobbes no es el más fundamental que se puede plantear sobre el orden social. Habla de individuos lingüísticamente competentes y eruditos; presupone la existencia de interacción significativa y mutuamente inteligible, y plantea por qué tal interacción debería ser cooperativa antes que generadora de conflictos, y por qué sus formas y pautas deberían ser persistentes, antes que transitorias (Barnes, 1990: 43).
La construcción del poder
Ahora bien, hemos llegado al punto importante para el argumento del trabajo, cómo y dónde concibe el poder Hobbes. Ya mencionamos que sólo la construcción de un agente artificial puede superar el estado de guerra, este ente mantendrá y velará por el bien común de todos los intereses, podrá orden y eliminará la anarquía. Ello, se llega a través de dos ideas claves en su pensamiento; la primera es el pacto de asociación entre los individuos; y el segundo es una sumisión acordada donde los individuos, libres e iguales, delegan o ‘transfieren’ sus derechos a esta construcción artificial. En palabras de Hobbes:
El único camino para erigir semejantemente poder común, capaz de defenderlos contra la invasión de los extranjeros y contras las injurias ajenas, asegurándoles de tal suerte que por su propia actividad y por los frutos de la tierra pueden nutrirse a sí mismos y vivir satisfechos, es conferir todo su poder y fortaleza a un hombre o a una asamblea de hombres, todos los cuales, por pluralidad de votos, puedan reducir sus voluntades a una voluntad (Hobbes, 1968: 150).
Esto es, la construcción “de aquel gran Leviatán, o más bien (hablando con más reverencia), de aquel dios mortal” (Idem). En esta construcción del Leviatán, las libertades naturales se ceden al soberano, entonces el poder no sólo se delega, sino se otorga. Él actúa ejerciendo el poder como representante o ‘personificación’ de los hombres. De igual modo, no se trata de una trasferencia parcial, salvo la vida, el soberano tiene el poder absoluto.
Detrás de esta idea hobbesiana se encuentra todo un bagaje racional, pues toma las nociones de la matemática y la geometría articulándolas en un argumento con consecuencias políticas. Sólo el Estado, personificando el Leviatán y el poder, permite ordenar bajo una fuerza común, que se le otorga, el estado de naturaleza de los hombres. El Estado, ese gran Leviatán, es un artífice soberano. Su poder es absoluto en cuanto hubo un desprendimiento de los hombres para otorgarlo. Por ello, Hobbes deja bien en claro los derechos del soberano sobre los súbditos, ya que:
Puesto que pactan, debe comprenderse que no están obligados por un pacto anterior a alguna cosa que contradiga la presente […] quienes acaban de instituir un Estado y quedan, por ello, obligados al pacto, a considerar como propias las acciones y juicios de uno, ni pueden legalmente hacer un pacto nuevo entre si para obedecer a cualquier otro, en una cosa cualquiera, sin su permiso (Ibid: 153).
En este sentido, el Leviatán es soberano por encima de todo, no hay poder más alto que él debido a que representa la voz de todos. De este modo, Hobbes construirá los derechos del Estado como irrevocables, absolutos e indivisibles, que derivan uno de otro. [3]
Es irrevocable, dado a que el pacto acordado para otorgarle el poder no se puede romper, los individuos han otorgado a él su libertad natural, además, Bobbio señala que no hay un contrato de unión entre el soberano y los individuos, lo que existe es “un pacto de los súbditos entre sí” (Bobbio, 1992: 53). Ello, porque de facto hay una “dificultad de hecho” y una “imposibilidad de derecho”, pues para que el pacto se rompa también hay la necesidad de un “tercero en cuyo favor se ha estipulado el contrato” (Idem), el soberano, que en su afán por mantener el poder no podrá rescindir.
Es absoluto, puesto que en el estado de naturaleza todos eran soberanos de sus propias decisiones, una vez acordado el pacto éstas se restringen y se le otorgan, en consecuencia lo que antes correspondía a cada individuo, ahora a él le corresponde, por ello el poder se ejerce sin límites, ya que el soberano funge como un equivalente de la ley civil disponiendo del derecho absoluto. Cita Hobbes:
Como cada súbdito es, en virtud de esa institución, autor de todos los actos y juicios del soberano instituido, resulta que cualquiera cosa que el soberano haga no puede constituir injuria para ninguno de sus súbditos, ni debe ser acusado de injusticia por ninguno de ellos (Hobbes, 1968: 155).
Pues la soberanía absoluta es inherente dado que se confía en que todas las disposiciones que aplique son rectas y conducen al orden y a la paz que se necesita (Ibid: 156-157).
Es indivisible, no refiriéndose a las formas de gobierno que Hobbes propondrá (monarquía, democracia y aristocracia), sino a que los derechos “que constituyen la esencia de la soberanía” (Ibid: 159) no se puede repartir. Por ejemplo:
Si el soberano trasfiere la militia, será en vano que retenga la capacidad de juzgar, porque no podrá ejecutar sus leyes; o si se desprende del poder de acuñar moneda, la militia es inútil; o si cede el gobierno de las doctrinas, los hombres se rebelaran contra el temor de los espíritus. Así, si consideramos cualesquiera de los mencionados derechos, veremos al presente que la conservación del resto no producirá efecto en la conservación de la paz y de la justicia para lo cual se instituyen todos los Estados (Idem).
Hay que recordar que Hobbes está situado en su contexto, donde las disputas por el poder le obligaron a pensar en que la única solución para evitar la división del poder es que este pertenezca a una sola persona, sea un hombre o una asamblea (Bobbio, 1992: 60).
Es necesario agregar que Hobbes elabora toda una construcción de lo debe ser el Estado propiamente dicho. Él no sólo prefigura, sino establece muy bien algunas de las funciones más importantes que éste debe tener. Siempre perfilando que la soberanía se construye a partir de un pacto elaborado entre hombres en igualdad de condiciones que, sólo con ese pacto, pueden hacer la vida más llevadera.
Maquiavelo y Hobbes: un ejercicio comparativo
Ahora bien, como se mencionó en la introducción, se busca hacer una suerte de ejercicio comparativo entre ambos autores con el fin de encontrar elementos en común, distancias e inclusive fisuras que se complementen entre uno y otro. Después, haré un breve esquema para que el ejercicio se vuelva más didáctico a la par que analítico.
Tanto Maquiavelo como Hobbes no hacen una teoría del poder, eso es claro, pues ninguno de ellos es un académico propiamente. No obstante, ambos figuran el poder, pues éste aparece no sólo en un discurso panfletario, sino bajo un argumento muy bien definido como para sentar las bases de la teoría política. Maquiavelo encarna el poder en un príncipe de carne y hueso, para lo cual es menester estilizarlo. En cambio, Hobbes construye el poder en la figura del Leviatán como el Estado, diciendo que éste es un ente artificial y necesario para el bien común. Uno encarnado y otro construido, pero a pesar de ello el poder reside y se objetiva en el mundo, se manifiesta pues se muestra en alguna figura, y se ejerce, pues es una relación entre dos partes.
El poder reside y se objetiva en el mundo, pues en Maquiavelo encontramos una idea más secularizadora que en Hobbes. El primero opta por irrumpir en la tradición religiosa para arrebatar el poder que subyacía en la idea de la elección divina, para figurar el poder en un príncipe que con sus solos méritos debía tener el poder, por ello hay una serie de consejos en la forma de hacer uso de él. En Hobbes, quien aún en su escrito subyacen ejemplos religiosos, el poder no se seculariza del todo, pero si comprende dos niveles; en el cívico el poder se otorga mediante un pacto, lo cual hace que se visibilice, no son los méritos propios lo que le da el poder al soberano, sino la evidencia concreta de un pacto entre los individuos.
El poder se manifiesta en una figura. Para Maquiavelo el príncipe es la esfinge que hay que estilizar, guiar y aconsejar para que este ejerza la soberanía, es una especie de mesías salvador. Para Hobbes, el Estado emerge como ese gran Leviatán, donde el poder del soberano es absoluto y necesario por encima de las decisiones individuales.
El poder se ejerce, ya que valdría poco la pena hablar del poder si no se encuentra inherente a él el ejercicio de tal. Por ello, Maquiavelo dedica con sumo interés un sinfín de recomendaciones, pues una de sus preocupaciones es saber cómo conseguir la soberanía y mantenerla, ambos ejes que ya hemos apuntado más detalladamente párrafos atrás. Por su parte, también Hobbes dedica gran parte de su obra –sobre todo la parte referida al Estado– en cómo debe ejercerse la soberanía, recalcando siempre que ésta es total.
MAQUIAVELO:
Subyace en él una idea secularizada, el poder debe residir en la historia humana, no en la sacra.
Se encarna en la figura de un príncipe concreto, situado en una determinación histórica.
Se encarna en la figura de un príncipe concreto, situado en una determinación histórica.
Ilustra una serie de recomendaciones para el ejercicio de la soberanía del príncipe.
HOBBES:
Para él, la construcción emerge de la necesidad de los hombres de salir del estado anárquico de naturaleza, el poder se otorga mediante un pacto.
Se construye en la figura del Leviatán, en el Estado, que representa la muestra más clara del pacto establecido.
Establece los derechos que tiene el soberano para con los súbditos.
Finalmente, sólo resta agregar en esta parte que Maquiavelo piensa en un individuo como la respuesta ante la situación que atraviesa Italia. Por su parte, Hobbes, preocupándose por el ambiente político de Inglaterra, se preocupa por la estabilidad del Estado, independientemente que la soberanía resida en un hombre o en una asamblea.
Se construye en la figura del Leviatán, en el Estado, que representa la muestra más clara del pacto establecido.
Establece los derechos que tiene el soberano para con los súbditos.
Finalmente, sólo resta agregar en esta parte que Maquiavelo piensa en un individuo como la respuesta ante la situación que atraviesa Italia. Por su parte, Hobbes, preocupándose por el ambiente político de Inglaterra, se preocupa por la estabilidad del Estado, independientemente que la soberanía resida en un hombre o en una asamblea.
Figurar el poder: la clave contemporánea
La problemática del poder no es ajena a otras disciplinas sociales. La sociología y la antropología también han generado sus propias teorías del poder y, en muchos casos, siguen mencionando a los autores clásicos como referencia. Es decir, aún cuando se suele hacer la similitud entre los estudios de poder con la política, el concepto de poder abarca un abanico de hechos que van más allá de la política o lo político, cosas que disciplinas como la sociología y la antropología social han estudiado; como ejemplo la explotación, la ideología, la subordinación del género y lo generacional, etc.
Asimismo, no se puede reducir el tema del poder solamente a la ciencia política, pues precisamente para que se convierta en una problemática tiene que verse desde la teoría social. Sólo basta con recordar cuán importante ha sido esta noción para autores como Marx, Weber, Focault, Bordieu y Wolf entre otros.
En clave contemporánea, las problemáticas del poder por el rumbo de lo político son cada vez más evidentes, pues en una sociedad cada día más modernizada las relaciones políticas son más propensas a ser relaciones de poder. Las figuras mesiánicas como el príncipe de Maquiavelo emergen con sumo carisma, y se continúan idealizando ahora con otros medios, principalmente los masivos. También, la emergencia del Estado soberano como la única posibilidad de orden para socavar a ciudadanos anárquicos se hace más visible, pues busca su legitimidad recordando el pacto acordado llamado ‘sistema democrático’.
Si en la historia de la ciencia política, Maquiavelo figuró al poder fetichizando el príncipe y formando alrededor de él una serie de características, –lo lo que para Gramsci representa el pueblo, pues parece que todo el argumento “no fuera otra cosas que una autoreflexión del pueblo, un razonamiento interno, que se hace en la conciencia popular y que concluye en un grito apasionado, inmediato” (Gramsci, 1979: 26)– y Hobbes en el Estado como la creación más exacta del poder soberano conformado por un pacto que traslada los derechos universales del hombre a un solo ente artificialmente construido, el Leviatán; la pregunta, mi pregunta, puede ser ¿cómo se figura hoy el poder, y quién lo hace?
Posiblemente, el diálogo entre las distintas disciplinas sociales pueda coadyuvar en esto, pues el poder también implica un cierto tipo de institucionalización o normatización de las relaciones y acciones de poder. Puede ser que los conceptos a trabajar sean disciplina siguiendo a Foucautl, habitus continuando con Bourdieu, relaciones de clase repensando a Marx o dominación releyendo a Weber.
Para ir concluyendo, sólo resta mencionar que el término poder es utilizado muchas veces como si significara la misma cosa para todo; al mismo tiempo, se suele hablar de poder como si todos los fenómenos que lo envuelven fueran reducibles a núcleos o esencias escondidas, evocando imágenes monstruosas de él como el Leviatán de Hobbes, el Minotauro de Bertrand de Jouvenel o, inclusive, el Príncipe de Maquiavelo. No obstante, como nos recuerda el antropólogo Eric Wolf:
La conceptualización del poder presenta sus propias dificultades. Con frecuencia se habla de poder como si se tratara de una fuerza unitaria e independiente, a veces encarnada en la imagen de un monstro gigante […] No obstante, es mejor no entenderlo como una fuerza antropomórfica ni como una máquina gigante, sino como un aspecto de todas las relaciones entre las personas (Wolf, 2001: 19).
Finalmente, insisto, para el eje de una discusión interdisciplinaria se puede entender al poder como un elemento central en las relaciones sociales y en la dinámica de la cultura en sociedades diferenciadas, de organización compleja y de múltiples conexiones translocales.
Fuentes
BARNES, BARRY
1990 La naturaleza del poder, Barcelona, Pomares-Corredor.
BOBBIO, NORBERTO
1992 Thomas Hobbes, México, FCE.
CORDOVA, ARNALDO
1976 “Política y estado nacional en Maquiavelo” en, Arnaldo Córdova, Sociedad y estado en el mundo moderno, México, Grijalbo, pp. 67-107.
GRAMSCI, ANTONIO
1975 Notas sobre Maquiavelo, sobre política y sobre el Estado moderno, México, Juan Pablos Editor.
HOBBES, THOMAS
1968 Leviatán. O la materia, formas y poder de una república, eclesiástica y civil, Puerto Rico, Universidad de Puerto Rico-Editorial Universitaria.
MAQUIAVELO, NICOLÁS
2008 El príncipe, México, Libuk
WOLF, ERIC
2001 Figurar el poder: Ideologías de dominación y crisis, México, CIESAS.
[1] En un principio quise abarcar hasta Rousseau (Maquiavelo, Hobbes, Locke y Rousseau), sin embargo debo aceptar que no alcancé a trabajarlos por falta de tiempo. Son los cuatro autores quienes para mi han sido importante en la formación de la teoría política, a ellos me refiero con esta última oración del párrafo.
[2] No me detendré a hablar sobre el iusnaturalismo hobbesiano, tan sólo diré que este modelo se usa para crear una dicotomía entre el estado de naturaleza, al que hará tanta referencia Hobbes y le estado civil. Al respecto, Norberto Bobbio distingue algunos rasgos característicos de él: 1) el estado de naturaleza es anti-político y no-político; 2) entre ambos estados hay una contraposición; 3) el estado de naturaleza se conforma por individuos no asociables; 4) en el estado de naturaleza los individuos son libres e iguales; 4) salir del estado de naturaleza sólo es posible por el consenso y la articulación a un pacto en común; 5) dicho pacto es la fuente legitimadora de una sociedad política. (Bobbio, 1992: 15-16).
[3] Tomo estas pautas de Bobbio, pues él comprende que ellas constituyen los atributos fundamentales de la doctrina hobbesiana (Bobbio, 1992: 52).
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DOMINGO ROJO
Estimados amigos, esta entrada del blog reproduce la opinión de un salvadoreño sobre el proceso electoral que recién aconteció. El resultado, el ascenso al poder del FMLN. El que escribe, Carlos Molina, Filósofo y catedrático de la UCA en El Salvador. SAN SALVADOR - Mi hijo mayor adora el rojo. Es simple, le gusta. Para mí hay algo más: la historia de mi país está teñida de rojo, no el de los himnos sangrientos, sino el de los corazones rebosantes de generosidad y esperanza.
El rojo de este domingo que acaba de finalizar recuerda también a los miles y miles que nos precedieron en las luchas. Muchos cayeron. Algunos, como mi padre, no vivieron suficiente para ver las banderas victoriosas y la alegría de mi pueblo, tanto tiempo contenida.
El rojo es asimismo el color de los mártires. Los que fueron asesinados y testificaron con su sacrificio; los que sembraron con lágrimas el camino de la esperanza. No olvidemos que a ellos les debemos un poco más de hermandad y una parte esencial de nuestra humanidad
Tomándome más libertades, quiero pensar también que en el rojo confluyen los colores: el verde, el amarillo, el azul, el blanco. Esta dulce y alegre victoria que ahora se baila en las calles de San Salvador es más hermosa porque no sólo somos más, sino que somos diversos.
Esta diversidad es la que luchó para que Mauricio Funes fuera presidente de todos los salvadoreños. Y la izquierda debe trabajar para que este país sea verdaderamente un país de todos. Parafraseando a un buen amigo mío, el país debe ser entregado a su verdadero dueño: el pueblo salvadoreño.
¿Logrará Funes lo que se propuso? ¿Cumplirá sus promesas? ¿Podrá el Frente “enfrentar” los retos del gobierno? Son preguntas válidas, pero que podrían replantearse de manera, creo, más constructiva: ¿Cuál es el aporte que yo daré a Funes? ¿Qué puede esperar de mí el FMLN? ¿Qué puedo hacer por mi país?
Si queremos que haya un cambio de verdad, debemos ser sujetos activos y no sólo quedarnos a esperar o, peor aún, que “esperemos quedar”: en algún puesto público o en alguna jugosa “plaza”.
Como en la canción de Silvio, la fiesta no cesa sino que sigue acompañando un trabajo que también es constante, que es compromiso y vocación. El triunfo de Funes es una llamada clara a la acción concreta, a la buena disposición, a la ayuda generosa y oportuna.
En El Salvador —el de aquí y el de más lejos— hay grandes tareas, pero también hay muchos recursos. Hay jóvenes profesionales, hay técnicos e ingenieros. Artistas, académicos, intelectuales. Diversas “competencias”, ideas variopintas, palabras que iluminan y manos diestras. ¡Que todas den ahora “un paso al frente”!
Pero cuando me refiero al aporte que debemos dar no pienso que se trata de una colaboración “desinteresada”, ya que se centra en el legítimo interés del mayor bien para el mayor número, comenzando por los más pobres. Y esto es así, precisamente, porque Funes no habría vencido sino fuera por el trabajo que realizan quienes son impulsados por algo más que la ganancia particular y el odio visceral.
No había pasado media hora desde la proclamación del triunfo y ya había analistas dando por descontado que “los políticos de izquierda” representan a una clase política igual de despreciable que la misma derecha. Tal cosa pudiera ser cierta, pero está lejos de ser un pronóstico medianamente útil. Es más, dudo que sea siquiera un pronóstico o algo más que una mera pose pseudointelectual.
Para nada se trata de que Funes y el Frente obtengan un “cheque en blanco”. Pero tampoco tiene mucho sentido convertir una gestión que aún no se realiza en un “fracaso anunciado”, sólo porque hay quien piensa que la nueva opción no pasa de ser “un partido como todos”. Si el pueblo dio un voto de confianza, ¿qué impide a los analistas hacer algo similar?
Eso sí: el Frente y Mauricio deben cuidarse de los muros y las cámaras acorazadas, pues así se genera resistencia a la crítica y una actitud de sordera frente a las propuestas. Esta izquierda que los ha puesto en el gobierno es la misma que no dejará de recordarles las razones por las que se les ha colocado precisamente en ese lugar.
Ahora bien, si en verdad es el tiempo de la izquierda, más vale que todos los que nos consideramos izquierdistas vayamos pensando cuál será el aporte concreto que brindaremos, no porque obtengamos algún “beneficio”, sino porque ya es hora de pensar nuestro trabajo a la luz de un nuevo paradigma que tenga como principal objetivo el bienestar para todos.
Ya es hora de dejar atrás el rojo del crepúsculo y avanzar hacia el rojo del amanecer. Luzcamos orgullosos el color que nos recuerda el compromiso adquirido, para que el domingo que se escribió la historia sea también el domingo en que el cambio y la esperanza llegaron a ser tarea de todos.
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Interludio sociológico. Quinta parte
Podemos visualizar la trayectoria intelectual de Talcott Parsons (1902-1979) en tres periodos; [1] Donde se centra en el estudio del “sistema social” dividiendo la realidad en dos campos, lo humano (interno a él) y lo natural (externo a él), pero en ambos centrándose en el actor; [2] Donde se gesta un giro del actor a los sistemas sociales; [3] Finalmente con su obra Economía y sociedad (1956).
Sobre las influencias que tuvo el sociólogo, se pueden mencionar la biología, pues traslada algunos conceptos de esta disciplina al ámbito social; la economía, de ahí radica su interés en los medios simbólicos de intercambio como lo es el dinero; del pensamiento alemán, pues sus estudios doctorales terminaron con una tesis sobre Weber: la influencia kantiana, distinguiendo entre fenómenos y hechos; la influencia del psicoanálisis, pues buscó entender lo psicológico-individual en la construcción de lo social. Todas ellas fueron importantes para sus posteriores postulados, así como para sus contribuciones sociológicas.
Por otro lado, la preocupación intelectual de Parsons, fue analizar qué elementos se deben tomar en cuenta para poder estudiar la sociedad. Por ello, pugna por un procedimiento donde se deban tomar en cuenta ciertos elementos para comprenderla; [a] Status-roles, donde es status es el lugar que un individuo ocupa en la sociedad, mientras que los roles son las actividades que realizan; [b] Variables-pautas, que son los valores que promueven actitudes de los actores frente a un problema, refiere al ámbito de la aplicación de los valores, las cualidades que se buscan en los actores; [c] Ordenamientos institucionales, que refieren los elementos estructurales que se relacionan entre sí (familia-sistema de estratificación-religión-poder); [d] Focos de solidaridad, los agrupamientos donde los miembros de la sociedad establecen lazos afectivos, identitarios y cognitivos, de igual modo que el punto anterior hay elementos donde se socializan estos lazos (familia-grupo étnico-colectividad territorial-clase social).
Finalmente, hay que entender que la metodología parsoniana en el estudio sociológico implica un continum evolutivo, donde las sociedades industriales de masas son dicotómicas a las tradicionales, lo que hace al aplicar las tipologías en cada sociedad estudiada.
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Interludio sociológico. Cuarta parte
Conocido como un pensador al margen, Georg Simmel (1858-1918) plantea preocupaciones hasta entonces poco abarcadas por los académicos sociales. Su pedagogía, la forma de estructurar su pensamiento y sus escritos, le valieron el apelativo “al margen”, pues se sitúa en los límites de las formas institucionalizadas de la academia alemana. Se caracterizó por ser un pensador anti-dogmático, al cuestionar los valores absolutos. De igual modo, no realizó una extensa obra a la usanza de los pensadores contemporáneos, pues la forma ensayística era un modo de aprehender el carácter fugitivo de la vida moderna.
Simmel es un pensador que anticipa muchas preocupaciones pos-modernas, al tratar temas como el dinero, el pobre, el individualismo, la recomposición del espacio, lo extraño, la música, etc. Para él, era menester salir de las grandes dicotomías clásicas (antiguo-moderno). Su pensamiento busca entender las relaciones por encima de la sustancia; entender la modernidad como un proceso continuo, no como estados, pues la Sociedad es un constante; y opta por diagnosticar la modernidad como paradojas. Si bien, al igual que otros pensadores que se han visto en las sesiones como Durkheim y Weber, Simmel ahonda en la modernidad, éste se enfoca en entender cómo se experimenta ésta en las formas más particulares de los sujetos.
Ahora bien, su pensamiento gira en torno a los límites y busca cómo rebasarlos. Para ello, trabaja con categorías que aluden a lo fluido y lo transitorio de la vida. Por eso trabajará con dos categorías centrales, forma y vida (contenido).
Para Simmel, la vida representa lo contenido dentro de la forma, dentro de las estructuras. Ésta (la vida) es el material de la existencia que no tiene estructura, es fluida e infinita. Como categorías, vida y forma, aluden a la objetivización de lo creado. La dialéctica de la existencia de la Sociedad, radica en que las formas adquieren una existencia propia más allá de la creación de los actores. Las formas pueden crear mundos diferentes donde cada uno de ellos tiene su propio lenguaje, por ello, las formas pueden cambiar. La sociología de Simmel se centra en las formas, pues es la estructura de socialización. Para ello, se concentra en las acciones ínfimamente pequeñas, lo efímero, lo fugaz y lo marginal de la vida moderna.
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Interludio sociológico. Tercera parte
SOBRE MAX WEBER
Las preocupaciones de Max Weber (1864-1920) pueden orientarse por el rumbo del sentido y el significado. Para él, la sociología deber abocarse por la acción social, lo cual se pueden sistematizar del siguiente modo:
Sentido de la acción: Lo que el actor tiene para la acción, incluso que no sea consiente. El sentido es del sujeto que hace la acción.
Social: Hace referencia a otros y cuando es reciproca se vuelve una relación social (interacción).
A Weber, no sólo le interesan los resultados, pues la investigación social la entiende como un proceso donde se deben estudiar los motivos, la acción y los resultados. Para ello, debido a que la realidad no se puede sujetar a experimentos, es necesario construir cada uno de estos pasos hipotéticamente, lo cual constituye el método de Weber, el cual se guiará por la comprensión (verstehen), como producto de la investigación. Al no haber en la realidad suficientes modelos que la delimiten, es menester crear un modelo racional, o un modelo de acción racional, el cual sirve para contrastar la realidad, lo que en la sociología se ha conocido como tipos ideales.
Este método es importante, puesto que el tipo de validez weberiana distingue –como ya se mencionó– entre el sentido (el actor) y el significado (los intereses del investigador). Dado a que el investigador hace referencias a valores subjetivos, “aplicar” el método es una forma de lograr la objetividad y garantizar los resultados de la investigación. Cabe recordar que para Weber no hay verdad, a lo sumo se debe obtener la validez.
Ahora bien, el método es la explicación causal que se logra vía la compresión, lo cual permite construir el objeto de estudio. Por ejemplo, en la sociología de la religión que elabora Weber, construye el espíritu del capitalismo como un tipo ideal a partir del cual recrea un proceso de análisis para entender la ética económica del capitalismo moderno. De igual modo, al explicar las formas de dominación, construye tres tipologías, como son las de carácter racional, tradicional y carismático. Las cuales construye –como todos los tipos ideales– a partir de los datos que de la historia subyacen. Como se mencionó con anterioridad, estos modelos se deben confrontar con la realidad para hacer un análisis social.
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Interludio sociológico. Segunda parte
Sobre E. Durkheim
En los albores de la “modernidad” Emile Durkheim fue uno de los pensadores que más ha impactado en el pensamiento social. Sin embargo, no se puede pasar por alto, de algún modo, la influencia de pensadores como Tönnies y Le Play, quienes habían planteado con anterioridad problemas que también le preocuparán a Durkheim. Para Durkheim, la moral, la relación sagrado-profano y la cohesión social, pueden ser las preocupaciones más importantes.
Respecto a la cohesión social, Durkheim plantea un desgranamiento de los elementos que dotan, a la sociedad, de esta “unidad”. En este sentido, podemos decir que difiere de pensadores como Hobbes, Rosseau y muchos más pioneros en la teoría política, respecto a la pre-existencia de un “contrato social” que permite regular las acciones de los individuos. Para Durkheim, existen unas normas que están interiorizadas en los sujetos, y son ellas quienes permiten los lazos o nodos en sociedad. Sin embargo, plantea el sociólogo francés que con el proceso “modernizador” éstas norman están en crisis. Por eso la sociedad vive un momento de anomia social.
Otro punto elemental en el pensamiento durkheimiano es el método. Para él, es importante observar los fenónemos sociales como hechos. En otras palabras, como cosas que, por ende, se pueden observar, medir, registrar y decir algo sobre ellas. Por ejemplo, pudo entender al suicidio, que se presentaba como un fenómeno común en la sociedad, como un hecho social. Esto le permitió su estudio “objetivo”, más allá de una explicación simplista. De ahí que pudo hacer de las estadísticas una manera de comprender la realidad más allá de explicaciones fuera de orden, entendiendo al suicidio de un modo más integral al cruzar todas las variables posibles.
Como una de las preocupaciones de Durkheim, el suicidio aparecía en una coyuntura histórica, donde las sociedades que se presentaban como “modernas” presentaban más elementos de “des-integración” social, experimentando una “anomia”, o una falta de normas. Por ello, era necesario replantear el funcionamiento de las estructuras. En este sentido, una de las propuestas durkheimianas como la secularizarción planteaba el futuro de la sociedad en valores laicos donde la religión dejaba de ser uno de los elementos que permitían la cohesión social.
Si bien en México el pensamiento durkheimiano llegó desfasadamente, puesto que la disciplina sociológica se desarrolló tiempo más tarde, se pueden encontrar, a mi parecer, algunos elementos en los trabajos antropológicos. Sobre todo, creo que hay influencia respecto a la forma de entender a las sociedades bajo el paradigma de la modernidad, pues de algún modo planteaba bajo el esquema de la solidaridad mecánica y orgánica, una idea de progreso que llevaba de una a otra.
Para finalizar, resulta importante revisar la propuesta de Durkheim dentro de un contexto donde se experimentan procesos de modernización, para cotejar si, en verdad, aún son válidas. No obstante el valor de su propuesta metodológica sigue en pie; ver a los fenómenos como hechos sociales que, por lo tanto, se pueden estudiar.
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